10 jun. 2010

Capítulo 20: Agazapado

Me quedé helada. No oía nada, tan sólo los latidos acelerados de mi corazón. Marta en el suelo, sólo eso era lo que podía ver. Estaba anonadada.
Cata se puso a gritar, pero yo no la oía. Me sentía como si todo ésto lo estuviese viendo desde la butaca de un cine. Una película horrenda y macabra. Solamente era consciente del escalofrío que recorrió mi espalda. "Aquí hay algo...extraño. Algo que no es normal. Algo irreal, imposible y absolutamente mortal".
De repente noté u golpe en el brazo. Me giré sobresaltada.
-¡Joder, Carmen! Marta está en el suelo, ¿y te quedas ahí parada? ¡¡VAMOS!!- me gritó, con los ojos llenos de lágrimas. Volví a la realidad. Ahogué un grito al ver de nuevo a nuestra amiga tirada en el suelo.
-¡Venga!- me repitió Cata, mientras corría hacia la chica. Yo la seguí. Me acerqué a ella. Estaba aparentemente tranquila, a pesar de estar muy pálida. Por supuesto, pálida para su tono de piel natural. Respiraba con dificultad y me pareció que se daba cuenta de que estábamos allí. Le di la mano, nerviosa.
-Marta, ¡Marta! Tía, ¡RESPONDE!-grité, nerviosa. Me apretó ligeramente la mano. Miré a mi prima con ojos llorosos.
-¡Llama a la ambulancia! Tenemos que hacerlo antes de...
De repente abrió los ojos poco a poco y me susurró:
-A-zú-car...-dijo, con un hilo de voz. Miré a mi prima desconcertada.
-¿¡Qué quiere decir!? ¡Cata, di!.-me miró nerviosamente.
-Tiene hipoglucemia.-dijo solamente. Se quedó callada unos segundos, hasta que grité:
-¿¡Qué quieres decir!? Joé, ¡no tenemos mucho tiempo!
-¡Vale, vale! Perdona- la sobresalté. Contestó rápidamente.- Tiene una deficiencia de glucosa en sangre, y a veces le dan bajadas de azúcar. Con algo azucarado bastará. ¿Tienes alguna chocolatina o algo así?
-Espera, creo que tengo algo.-rebusqué en mi cartera de mano y encontré una Pikota, de esas que están tan ricas. Estaba recubierta de azúcar.-Tengo esto.
-¡¡Dáselo!!-me gritó. Se lo metí en la boca, y comenzó a masticarlo lentamente, como si se tratase de un manjar. Después de habérselo tomado cerró unos minutos los ojos. Se me hicieron los más largos de mi vida. No paraba de dar pataditas a una piedra que había por allí cerca, de lo inquieta que estaba.
Cuando estaba tan nerviosa que casi lanzo la piedra contra un árbol, suspiró. La miramos, preocupadas. Había abierto los ojos, y parecía que tenía mejor color. Sonrió, para nuestra sorpresa.
-Ya estoy bien.-dijo, mientras nos acercaba las manos para que la ayudásemos a levantarse. Las piernas le temblaron ligeramente, pero se notaba que estaba mejor.
-¿Ya está?-pregunté, sorprendida.-¿Así de fácil?
Ella me sonrió con ternura.
-Sí, solo necesitaba azúcar. Me dan bajones sin importancia de vez en cuando. No tenía la insulina cerca y...-hizo un signo de aburrimiento.-Bueno, qué, ¿nos vamos adentro?-preguntó mientras se acercaba a la casa. Miré a Cata alucinando.
-Madre mía, qué susto tía. Gracias, Carmen, sin ti a saber lo que habría pasado.-me dijo, mientras me daba un abrazo temblando. Yo también estaba asustada, así que respondí de buena gana su abrazo.
Nos dirigimos a la casa de Marta de la mano. Cuando ella ya estaba entrando, yo le solté. Seguía con esa manía persecutoria tan ridícula. Me reí de mi misma. ¡Allí no había nadie! Entré en la casa riéndome, sin percatarme de que unos ojos grises brillaron en la oscuridad.

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