2 may. 2010

Capítulo 5: Corazón desbocado.

El restaurante estaba a unos pocos metros del bar. ¿Quizás doscientos? No lo sé, no soy un GPS. En todo caso decidimos ir andando (obviamente, solo son doscientos metros), y estuve hablando con Cata sobre su rutina.
-Bueno, Car, yo me levanto a las siete porque vivo en Majadahonda, pero a ti con levantarte a las ocho menos cuarto creo que te llegará. Haces tus cosas y tal, y deberías estar en el colegio a las nueve menos diez, porque el timbre suena a menos cinco. Vas a clase, lo típico, clases, clases y más clases, y el recreo es a las once y media, y a las doce vuelves. Aburrimiento hasta las dos, comida, y rato libre hasta las cuatro. Solo es una clase, y a las cinco ya estás fuera. ¿Comprendido?-me dijo en plan de broma.
Me quedé con cara de susto.
-No sé si me acordaré de todo, porque tía, la memoria no es lo mío.-Nos echamos a reír.
-Qué va. Eso es solo el primer día, luego te acostumbras.-me dijo en tono tranquilizador. Suspiré.
-Lo que me da miedo son las clases...No sé con quién voy. ¿Y si voy sola? Dios, me moriría de la vergüenza.-me cogió del brazo cariñosamente.
-Me parece que vienes a mi misma clase. Será genial, te presentaré a las chicas, son todas súper majas. Y el viernes hay fiesta, ¿qué mejor manera de celebrar el inicio del curso? Y además de tu llegada, claro.-me sonrió de nuevo. La verdad es que era simpática. Yo la recordaba como una exclusivista insufrible. Claro que entonces teníamos ocho años.
Llegamos a la entrada del restaurante en cinco minutos, que era bastante bonito, la verdad, además de estar atestado de gente. Las paredes eran de color crema con cortinas a ambos lados de las enormes cristaleras que había en todas partes de la inmensa habitación. Había múltiples mesas redondas esparcidas, perfectamente puestas, con los cubiertos para pescado, de carne, cucharillas y servilletas de tela a juego con las cortinas. Era bastante bonito, pero demasiado ostentoso para mi gusto, demasiado...¿elegante?, ¿preparado? o, ¿quizás de estirados?
Allí nos esperaban mis tíos, Marina e Ignacio, con sus hijas Teresa y Rita; Sofía y Javier, con Martina; Isabel y Agustín, Helena, Agustín, Jacobo y Coral; y Alejandro y María. Estábamos divididos en tres mesas: doce en la de los mayores, ocho en la nuestra, la de los "mayores", y siete en la de los peques.
Pregunté en dónde estaba el baño, pero de repente se me olvidaron las ganas de ir.
Porque vi al chico más guapo que jamás hubiera visto.

7 comentarios:

  1. Hola..Escribes genial
    un beso, te sigo

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  2. me encanta, te sigo :) ya lei los del tuenti, tengo ganas de que acabes de pasarlos y sigas escribiendo! jaja unbesito

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  3. Gracias a todas :)
    Os gustan más los nuevos?

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  4. me encantala istoria! te sigo ok? tambien te agregio al tuenti k esto y enganchada!

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  5. Te sigo, me acaba de llegar una invitacion al tuenti de tu historia y estoy leyéndola.

    Me atrajo sobre todo el hecho de que la chica se mude de Galicia a Madrid ya que yo soy de alli y me muero por vivir en una ciudad :)
    aunque me gusta más Barcelona jajaja

    En fin, que sigue escribiendo.
    Un beso!!

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